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Ruta Quetzal 2004, De los volcanes mexicanos a la 'Translatio' RUTA QUETZAL BBVA
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 Enviado Especial - 28-06-2004

Lo que queda de Utopía
Bernardo Marín, Morelia


Los expedicionarios son recibidos por los jóvenes de Santa Fe de La Laguna (JL Cuesta).

En 1531 la corona española decidió relevar como oidor de la Audiencia de Nueva España a Nuño de Guzmán, a quien sus propios colaboradores acusaban de haber cometido graves injusticias con los indios "con crueldad pocas veces vista". El elegido para sustituirle fue el letrado Vasco de Quiroga, natural de la localidad abulense de Madrigal de las Altas Torres. Tata Vasco, como todavía le llaman los purhépechas no sólo restauró la confianza de los indígenas sino que cinco siglos después su nombre es aún el de un santo y un héroe entre los habitantes del Estado mexicano de Michoacán.

En las manos de Vasco de Quiroga había caído un ejemplar de la primera edición de Utopía y se propuso construir en aquellas tierras del Nuevo Mundo una ciudad ideal similar a la que concebió Tomás Moro. En su jornada del 28 de junio los expedicionarios de la Ruta Quetzal BBVA se disponen a comprobar en Santa Fe de La Laguna, una de sus laboratorios de convivencia, lo que queda de su proyecto humanista.

Estamos acostumbrados a recibimientos calurosos a lo largo y ancho del Estado de Michoacán pero lo que nos espera en esta localidad de poco más de 4.000 habitantes supera todo lo previsible. La bienvenida no desmerece a la que hubieran presenciado los americanos de Bienvenido Mister Marshall si se hubiesen molestado en para en Villar del Río. Para empezar un grupo de mujeres ataviadas con el vestido tradicional purhépecha, como casi todas las de la localidad, colocan alrededor el cuello de nuestros expedicionarios los tradicionales veka chakuecha, collares con figuritas de cerámica a modo de cuentas, les riegan de confetis y les conducen a través de la calle Vasco de Quiroga, no podía ser de otro modo, al centro del pueblo. La banda de música ameniza el desfile.

Santa Fe fue fundada como pueblo-hospital en 1533 a partir de la comunidad indígena de Ueamuo. Después se amplió con tierras que el Tata Vasco compró de su propio bolsillo y repartió entre los indígenas. El objetivo era, según sus propias palabras "formar nuevas repúblicas en las que trabajando y rompiendo la tierra, de su trabajo se mantengan [los indios] y estén ordenados en toda buena orden de policía y con con santas y buenas católicas ordenanzas". Todos los ciudadanos debían saber leer y escribir y todos debían erse responsables del Gobierno de la comunidad.

Una vez establecida la comunidad Tata Vasco dictó unas normas que incidían en la autogestión política de los asuntos públicos y en la propiedad comunal de la tierra. Estas leyes, que se fueron modificando según las necesidades y lo que dictaba la experiencia, se compilaron en las Reglas y Ordenanzas para el Gobierno de los hospitales de Santa Fe de México y Michoacán y se mantuvieron hasta 1872, año en que levantó su acta de extinción por haber desaparecido los fondos que dispuso su fundador 334 años antes.

Cinco siglos después Vasco de Quiroga sigue siendo el punto de referencia moral y espiritual para los habitantes de Santa Fe. Mientras nos invitan a un delicioso plato de mojara frito (pescado que capturan en la laguna cercana) con tamales (maíz), los habitantes de Santa Fe nos ponderan la figura de su fundador, en proceso de beatificación. Cirila Gallego, de 73 años, asegura que su abuelito lo conoció y mirando hacia el cielo nos afirma que "estará allá arriba".

¿Qué queda y qué se ha perdido del legado de Vasco de Quiroga? Se ha perdido el autogobierno indígena pero, según Francisco de Miranda, doctor en historia, del "padre del mestizaje" queda el trazado perfecto de las calles de la localidad, continúa vivo el sentido de la hospitalidad y de comunidad y siguen vigentes determinados cargos de servicio al pueblo.

De Miranda, en cualquier caso, nos da un consejo: que no nos fiemos de lo que nos cuentan -ni siquiera lo de lo que él nos cuenta- y que abramos los ojos para ver lo gente hace. Los abrimos y vemos un pueblo unido, feliz con nuestra visita que sólo lamenta que el ritmo de la Ruta sea tan implacable y no podamos quedarnos más que un par de horas en su localidad.

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