Lo que queda de Utopía
Bernardo
Marín, Morelia
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Los expedicionarios son recibidos por los jóvenes
de Santa Fe de La Laguna (JL Cuesta).
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En 1531 la corona española decidió relevar como
oidor de la Audiencia de Nueva España a Nuño de
Guzmán, a quien sus propios colaboradores acusaban de
haber cometido graves injusticias con los indios "con crueldad
pocas veces vista". El elegido para sustituirle fue el
letrado Vasco de Quiroga, natural de la localidad abulense de
Madrigal de las Altas Torres. Tata Vasco, como todavía
le llaman los purhépechas no sólo restauró
la confianza de los indígenas sino que cinco siglos después
su nombre es aún el de un santo y un héroe entre
los habitantes del Estado mexicano de Michoacán.
En las manos de Vasco de Quiroga había caído
un ejemplar de la primera edición de Utopía y
se propuso construir en aquellas tierras del Nuevo Mundo una
ciudad ideal similar a la que concebió Tomás Moro.
En su jornada del 28 de junio los expedicionarios de la Ruta
Quetzal BBVA se disponen a comprobar en Santa Fe de La Laguna,
una de sus laboratorios de convivencia, lo que queda de su proyecto
humanista.
Estamos acostumbrados a recibimientos calurosos a lo largo
y ancho del Estado de Michoacán pero lo que nos espera
en esta localidad de poco más de 4.000 habitantes supera
todo lo previsible. La bienvenida no desmerece a la que hubieran
presenciado los americanos de Bienvenido Mister Marshall si
se hubiesen molestado en para en Villar del Río. Para
empezar un grupo de mujeres ataviadas con el vestido tradicional
purhépecha, como casi todas las de la localidad, colocan
alrededor el cuello de nuestros expedicionarios los tradicionales
veka chakuecha, collares con figuritas de cerámica a
modo de cuentas, les riegan de confetis y les conducen a través
de la calle Vasco de Quiroga, no podía ser de otro modo,
al centro del pueblo. La banda de música ameniza el desfile.
Santa Fe fue fundada como pueblo-hospital en 1533 a partir
de la comunidad indígena de Ueamuo. Después se
amplió con tierras que el Tata Vasco compró de
su propio bolsillo y repartió entre los indígenas.
El objetivo era, según sus propias palabras "formar
nuevas repúblicas en las que trabajando y rompiendo la
tierra, de su trabajo se mantengan [los indios] y estén
ordenados en toda buena orden de policía y con con santas
y buenas católicas ordenanzas". Todos los ciudadanos
debían saber leer y escribir y todos debían erse
responsables del Gobierno de la comunidad.
Una vez establecida la comunidad Tata Vasco dictó unas
normas que incidían en la autogestión política
de los asuntos públicos y en la propiedad comunal de
la tierra. Estas leyes, que se fueron modificando según
las necesidades y lo que dictaba la experiencia, se compilaron
en las Reglas y Ordenanzas para el Gobierno de los hospitales
de Santa Fe de México y Michoacán y se mantuvieron
hasta 1872, año en que levantó su acta de extinción
por haber desaparecido los fondos que dispuso su fundador 334
años antes.
Cinco siglos después Vasco de Quiroga sigue siendo el
punto de referencia moral y espiritual para los habitantes de
Santa Fe. Mientras nos invitan a un delicioso plato de mojara
frito (pescado que capturan en la laguna cercana) con tamales
(maíz), los habitantes de Santa Fe nos ponderan la figura
de su fundador, en proceso de beatificación. Cirila Gallego,
de 73 años, asegura que su abuelito lo conoció
y mirando hacia el cielo nos afirma que "estará
allá arriba".
¿Qué queda y qué se ha perdido del legado
de Vasco de Quiroga? Se ha perdido el autogobierno indígena
pero, según Francisco de Miranda, doctor en historia,
del "padre del mestizaje" queda el trazado perfecto
de las calles de la localidad, continúa vivo el sentido
de la hospitalidad y de comunidad y siguen vigentes determinados
cargos de servicio al pueblo.
De Miranda, en cualquier caso, nos da un consejo: que no nos
fiemos de lo que nos cuentan -ni siquiera lo de lo que él
nos cuenta- y que abramos los ojos para ver lo gente hace. Los
abrimos y vemos un pueblo unido, feliz con nuestra visita que
sólo lamenta que el ritmo de la Ruta sea tan implacable
y no podamos quedarnos más que un par de horas en su
localidad.

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