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Ruta Quetzal 2004, De los volcanes mexicanos a la 'Translatio' RUTA QUETZAL BBVA
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 Enviado Especial - 20-06-2004

La ciudad que no se termina nunca
Bernardo Marín, Ciudad de México


Los jóvenes atienden a la conferencia de los doctores Botey y Peláez en el Casino de España (B. Marín)

Cuando el avión sobrevuela México DF uno se da cuenta de que la ciudad no se termina nunca. Imposible abarcarla con la vista, ni siquiera desde el cielo. El aparato va perdiendo altura y sólo se ven casas y más casas, cada vez más próximas y más grandes. Al final, cuando a los más aprensivos el choque contra algún edificio nos parece inevitable, aparece la pista del aeropuerto internacional Benito Juárez como un oasis entre la selva de edificios y el aparato se posa suavemente.

La Ruta Quetzal BBVA ha escogido para arrancar este año la ciudad más poblada del mundo, tan grande -1.700 kilómetros cuadrados- como la isla de Gran Canaria, habitada por más de 20 millones de personas y tres millones de vehículos, según las últimas estadísticas. Una desmesura que ha obligado a las autoridades a tomar medidas que serían insólitas incluso en otras megalópolis.

Entre semana, unos días circulan los vehículos de matrícula par y otros los de matrícula impar lo que no ha evitado que a una de las principales vías de la ciudad, el anillo periférico, le están construyendo un segundo piso para que quepan los vehículos. En el metro, a las horas punta, los tres primeros vagones están reservados a niños y mujeres para evitar que sean estrujados los primeros y toqueteadas las segundas. Pero pese a estos detalles, y a las advertencias que nos hacen los periódicos sobre la inseguridad callejera, en cuanto asomamos la nariz fuera del avión bajo un cielo plomizo que avisa de que la tormenta de la tarde va a caer sobre nosotros, sabemos con certeza que la ciudad va a merecer la pena. Y mucho.

La exploración de México DF por parte de los expedicionarios arranca de su indiscutible corazón: el Zócalo, la segunda mayor plaza del mundo según todas las guías de viaje, aunque ninguna sepa decir cual es la primera. Más que una plaza, la también llamada Central o de la Constitución, es una llanura del tamaño de cuatro campos de fútbol que se extiende sobre las ruinas de Tenochtitlán, capital de los aztecas, y que está flanqueada por algunos de los edificios más emblemáticos del país: la Catedral Metropolitana, el Palacio Nacional, la Corte Suprema de Justicia o el Palacio del Ayuntamiento. Como si dijéramos el cogollo del país.

La Catedral, primer edificio que visitan los jóvenes, fue la primera que se construyó en tierra firme en América y es sólo unos años posterior a la de Santo Domingo, la primera del Nuevo Mundo. Hernán Cortés en persona ordenó su edificación, aunque no alcanzó su aspecto actual hasta 1813. En el interior se respira un fervor difícil de encontrar ya en Europa, con largas colas de fieles en los confesionarios y, sobre todo, mucha gente joven en los bancos. No en vano México es, según una encuesta que cita Samuel Huntintong en su último libro, el décimo país más religioso del mundo. Los expedicionarios admiran sus cinco altares y 14 capillas con respeto escrupuloso aunque algún feligrés amonesta cariñosamente a los que se han olvidado de quitarse el sombrero al entrar en el templo.

La siguiente visita es al Casino Español, centro inexcusable de reunión de inmigrantes voluntarios y forzosos en México, un edificio de principios del siglo XX, sobrio por fuera pero suntuoso por dentro y decorado al estilo de las basílicas romanas. Entre vitriolos con los escudos de todas las regiones de España y cuadros de Reyes y conquistadores, los profesores Marco Aurelio Botey y Manuel Peláez sumergen a los niños en la fabulosa historia del viaje filantrópico de Francisco Javier Balmis. Este doctor coruñés zarpó en 1803 de España en un barco llevando consigo a varios niños vacunados de viruela, cuyas pústulas servían a la vez para vacunar a otros durante la travesía y asegurar así que el remedio contra la enfermedad llegara a América. La llamada expedición de la viruela contribuyó notablemente a paliar un mal que había arrasado el continente desde que lo contagiara por primera vez un esclavo negro de Pánfilo de Narváez.

Tras la conferencia los jóvenes aprovechan para relajarse y explorar el edificio del Casino. Jordi, un muchacho catalán y músico consumado arranca el entusiasmo de sus compañeros interpretando obras clásicas en un piano que donó a la institución el mismísimo Agustín Lara. Otros se apiñan frente a una televisión -no verán muchas más durante el viaje- para tragarse el España Portugal. Casi todos, chicos, con la excepción de Aída, burgalesa, buena aficionada al fútbol y al Atlético de Madrid. Nos comentan que también hay algunos muchachos portugueses, pero no se significan demasiado durante el partido, lo cual no nos extraña teniendo cuenta el forofismo extremo -periodistas incluidos- que muestra la hinchada española

Mañana se abre oficialmente el curso de los chicos en la Universidad Autónoma de México, por cuyas aulas pasaron los tres premios Nobel que ha dado México -Alfonso García Robles, de la Paz en 1982; Octavio Paz, de Literatura en 1990; y Mario Molina, de Química en 1995. Y por la tarde toca visita a la zona arqueológica de Teotihuacán, la Ciudad de los Dioses.

Esto no ha hecho más que empezar. Y lo mejor es que México DF no se termina nunca
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