La ciudad que no se termina nunca
Bernardo
Marín, Ciudad de México
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Los jóvenes atienden a la conferencia de los doctores
Botey y Peláez en el Casino de España (B.
Marín)
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Cuando el avión sobrevuela México DF uno se da
cuenta de que la ciudad no se termina nunca. Imposible abarcarla
con la vista, ni siquiera desde el cielo. El aparato va perdiendo
altura y sólo se ven casas y más casas, cada vez
más próximas y más grandes. Al final, cuando
a los más aprensivos el choque contra algún edificio
nos parece inevitable, aparece la pista del aeropuerto internacional
Benito Juárez como un oasis entre la selva de edificios
y el aparato se posa suavemente.
La Ruta Quetzal BBVA ha escogido para arrancar este año
la ciudad más poblada del mundo, tan grande -1.700 kilómetros
cuadrados- como la isla de Gran Canaria, habitada por más
de 20 millones de personas y tres millones de vehículos,
según las últimas estadísticas. Una desmesura
que ha obligado a las autoridades a tomar medidas que serían
insólitas incluso en otras megalópolis.
Entre semana, unos días circulan los vehículos
de matrícula par y otros los de matrícula impar
lo que no ha evitado que a una de las principales vías
de la ciudad, el anillo periférico, le están construyendo
un segundo piso para que quepan los vehículos. En el
metro, a las horas punta, los tres primeros vagones están
reservados a niños y mujeres para evitar que sean estrujados
los primeros y toqueteadas las segundas. Pero pese a estos detalles,
y a las advertencias que nos hacen los periódicos sobre
la inseguridad callejera, en cuanto asomamos la nariz fuera
del avión bajo un cielo plomizo que avisa de que la tormenta
de la tarde va a caer sobre nosotros, sabemos con certeza que
la ciudad va a merecer la pena. Y mucho.
La exploración de México DF por parte de los
expedicionarios arranca de su indiscutible corazón: el
Zócalo, la segunda mayor plaza del mundo según
todas las guías de viaje, aunque ninguna sepa decir cual
es la primera. Más que una plaza, la también llamada
Central o de la Constitución, es una llanura del tamaño
de cuatro campos de fútbol que se extiende sobre las
ruinas de Tenochtitlán, capital de los aztecas, y que
está flanqueada por algunos de los edificios más
emblemáticos del país: la Catedral Metropolitana,
el Palacio Nacional, la Corte Suprema de Justicia o el Palacio
del Ayuntamiento. Como si dijéramos el cogollo del país.
La Catedral, primer edificio que visitan los jóvenes,
fue la primera que se construyó en tierra firme en América
y es sólo unos años posterior a la de Santo Domingo,
la primera del Nuevo Mundo. Hernán Cortés en persona
ordenó su edificación, aunque no alcanzó
su aspecto actual hasta 1813. En el interior se respira un fervor
difícil de encontrar ya en Europa, con largas colas de
fieles en los confesionarios y, sobre todo, mucha gente joven
en los bancos. No en vano México es, según una
encuesta que cita Samuel Huntintong en su último libro,
el décimo país más religioso del mundo.
Los expedicionarios admiran sus cinco altares y 14 capillas
con respeto escrupuloso aunque algún feligrés
amonesta cariñosamente a los que se han olvidado de quitarse
el sombrero al entrar en el templo.
La siguiente visita es al Casino Español, centro inexcusable
de reunión de inmigrantes voluntarios y forzosos en México,
un edificio de principios del siglo XX, sobrio por fuera pero
suntuoso por dentro y decorado al estilo de las basílicas
romanas. Entre vitriolos con los escudos de todas las regiones
de España y cuadros de Reyes y conquistadores, los profesores
Marco Aurelio Botey y Manuel Peláez sumergen a los niños
en la fabulosa historia del viaje filantrópico de Francisco
Javier Balmis. Este doctor coruñés zarpó
en 1803 de España en un barco llevando consigo a varios
niños vacunados de viruela, cuyas pústulas servían
a la vez para vacunar a otros durante la travesía y asegurar
así que el remedio contra la enfermedad llegara a América.
La llamada expedición de la viruela contribuyó
notablemente a paliar un mal que había arrasado el continente
desde que lo contagiara por primera vez un esclavo negro de
Pánfilo de Narváez.
Tras la conferencia los jóvenes aprovechan para relajarse
y explorar el edificio del Casino. Jordi, un muchacho catalán
y músico consumado arranca el entusiasmo de sus compañeros
interpretando obras clásicas en un piano que donó
a la institución el mismísimo Agustín Lara.
Otros se apiñan frente a una televisión -no verán
muchas más durante el viaje- para tragarse el España
Portugal. Casi todos, chicos, con la excepción de Aída,
burgalesa, buena aficionada al fútbol y al Atlético
de Madrid. Nos comentan que también hay algunos muchachos
portugueses, pero no se significan demasiado durante el partido,
lo cual no nos extraña teniendo cuenta el forofismo extremo
-periodistas incluidos- que muestra la hinchada española
Mañana se abre oficialmente el curso de los chicos en
la Universidad Autónoma de México, por cuyas aulas
pasaron los tres premios Nobel que ha dado México -Alfonso
García Robles, de la Paz en 1982; Octavio Paz, de Literatura
en 1990; y Mario Molina, de Química en 1995. Y por la
tarde toca visita a la zona arqueológica de Teotihuacán,
la Ciudad de los Dioses.
Esto no ha hecho más que empezar. Y lo mejor es que
México DF no se termina nunca

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