Del volcán Paricutín a Angahuan
Irene Rivas y Carlota Ferrari
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Irene y Carlota.
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Lirolí, lirolá
. Son las 7,00 de la
mañana y empieza a amanecer en el Llano del Coco, un campo
cubierto de ceniza en las faldas del volcán Paracutín.
Por el este, a la derecha del volcán, aparece la luz entre
fumarolas, las nubes del fondo parecen de algodón, los árboles
van recobrando su tono verde y el cráter se queda pequeño
ante tanta belleza. Al rato, el sol se divisa entre lomas tímidamente,
recordándonos que tenemos un largo camino por delante. El desayuno,
como todas las mañanas, consiste en pan, bollo, café
y
¡novedad!
yogurt, plátano y zumo.
Después de una agotadora mañana de caminata rumbo a
la boca del Paricutín, al caer de la tarde, llegó la
esperada recompensa.
La gente saltaba de felicidad pero, en medio del desayuno, no se
les ocurre a los militares otra cosa que ponerse a vaciar los baños
que llevábamos usando dos días seguidos. El hedor era
insoportable.
Después de desmontar el campamento medio inundado, nos ponemos
en marcha. Al principio parece fácil, porque todo está
cubierto de ceniza y andamos en terreno llano o cuesta abajo. A pesar
de ello, Susana, nuestra monitora, por ir andado hacia atrás,
se tropieza con la única piedra que hay en el camino; no le
pasa nada, porque su enorme mochila, como la de todos, amortigua la
caída.
Al ir caminando, la fila de expedicionarios se va alargando, consiguiendo
que los de delante tengamos tres paradas y los de atrás sólo
una. El paisaje es maravilloso, lleno de vegetación; y, al
mirar atrás y ver lo lejos que va quedando el volcán,
nos da fuerzas para continuar.
A partir de aquí, nuestra crónica se divide en dos
partes:
-La primera, en la que yo, Irene, salgo de las últimas en
la primera parada, avanzando puestos a buen ritmo y disfrutando de
los melocotones que me da un policía para calmar la sed. A
las tres horas comienza la subida fuerte, en la tengo que ayudar a
un chico para que termine de subir la cuesta. Llegamos a la parte
llana del pueblo con Jesús Luna, nuestro jefe, entre los 10
primeros, siendo la primera chica. Es un momento en el que agradezco
haber ido tantas veces a Los Pirineos, pues puedo notar la experiencia
de todas esas marchas a mis espaldas.
-La segunda parte, en la que yo, Carlota, saliendo entre las primeras
en la única parada que hago, termino en compañía
de Victoria, de Argentina, entre las últimas. Es con la ayuda
de Jakob, de Suecia, que logramos llegar hasta el final. A medida
que vamos caminando, él nos anima y no nos deja parar porque,
si no, nos íbamos a quedar sentadas. Cuando llega la hora de
subir la enorme cuesta para terminar en el pueblo, pienso que no puedo
más. Ya no me queda agua, la mochila me está matando.
Pero, gracias al apoyo de los demás expedicionarios, llego
arriba contenta y orgullosa de haberlo conseguido.
De nuevo en la plaza se juntan nuestros caminos y, en la iglesia,
podemos oír cantar a los indígenas su canción
de Santiago antes de oír misa los católicos junto con
las gentes del pueblo de Angahuan. Parece imposible que puedan seguir
existiendo en el mundo estos rincones remotos en los que la gente
vive y actúa como hace cientos de años.
