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Ruta Quetzal 2004, De los volcanes mexicanos a la 'Translatio' RUTA QUETZAL BBVA
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 26 de junio

Del volcán Paricutín a Angahuan
Irene Rivas y Carlota Ferrari


Irene y Carlota.

“Lirolí, lirolá…”. Son las 7,00 de la mañana y empieza a amanecer en el Llano del Coco, un campo cubierto de ceniza en las faldas del volcán Paracutín. Por el este, a la derecha del volcán, aparece la luz entre fumarolas, las nubes del fondo parecen de algodón, los árboles van recobrando su tono verde y el cráter se queda pequeño ante tanta belleza. Al rato, el sol se divisa entre lomas tímidamente, recordándonos que tenemos un largo camino por delante. El desayuno, como todas las mañanas, consiste en pan, bollo, café y… ¡novedad! … yogurt, plátano y zumo.

Después de una agotadora mañana de caminata rumbo a la boca del Paricutín, al caer de la tarde, llegó la esperada recompensa.

La gente saltaba de felicidad pero, en medio del desayuno, no se les ocurre a los militares otra cosa que ponerse a vaciar los baños que llevábamos usando dos días seguidos. El hedor era insoportable.

Después de desmontar el campamento medio inundado, nos ponemos en marcha. Al principio parece fácil, porque todo está cubierto de ceniza y andamos en terreno llano o cuesta abajo. A pesar de ello, Susana, nuestra monitora, por ir andado hacia atrás, se tropieza con la única piedra que hay en el camino; no le pasa nada, porque su enorme mochila, como la de todos, amortigua la caída.

Al ir caminando, la fila de expedicionarios se va alargando, consiguiendo que los de delante tengamos tres paradas y los de atrás sólo una. El paisaje es maravilloso, lleno de vegetación; y, al mirar atrás y ver lo lejos que va quedando el volcán, nos da fuerzas para continuar.

A partir de aquí, nuestra crónica se divide en dos partes:

-La primera, en la que yo, Irene, salgo de las últimas en la primera parada, avanzando puestos a buen ritmo y disfrutando de los melocotones que me da un policía para calmar la sed. A las tres horas comienza la subida fuerte, en la tengo que ayudar a un chico para que termine de subir la cuesta. Llegamos a la parte llana del pueblo con Jesús Luna, nuestro jefe, entre los 10 primeros, siendo la primera chica. Es un momento en el que agradezco haber ido tantas veces a Los Pirineos, pues puedo notar la experiencia de todas esas marchas a mis espaldas.

-La segunda parte, en la que yo, Carlota, saliendo entre las primeras en la única parada que hago, termino en compañía de Victoria, de Argentina, entre las últimas. Es con la ayuda de Jakob, de Suecia, que logramos llegar hasta el final. A medida que vamos caminando, él nos anima y no nos deja parar porque, si no, nos íbamos a quedar sentadas. Cuando llega la hora de subir la enorme cuesta para terminar en el pueblo, pienso que no puedo más. Ya no me queda agua, la mochila me está matando. Pero, gracias al apoyo de los demás expedicionarios, llego arriba contenta y orgullosa de haberlo conseguido.

De nuevo en la plaza se juntan nuestros caminos y, en la iglesia, podemos oír cantar a los indígenas su canción de Santiago antes de oír misa los católicos junto con las gentes del pueblo de Angahuan. Parece imposible que puedan seguir existiendo en el mundo estos rincones remotos en los que la gente vive y actúa como hace cientos de años.

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