Epílogo
Claudia Pérez y Viviana González
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Viviana.
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Hubo una vez una historia, una historia escrita con la pluma de los
sueños; una historia que más tarde se convertiría
en camino, en el camino de los camino, el camino de las estrellas;
camino de cielos de esperanza, nuestro camino. Aquel camino que nos
condujo hacia bellas tierras mexicanas. Esas que ya hace dos centenas,
recibían a Balmis, esas utópicas tierras de "Tatabasco",
tierras mexicas y aztecas en las que aún se mantiene viva la
cultura purepechá, tierras por las que corre el fuego vivo
de los volcanes mexicanos.
Nosotros, europeos, habíamos descubierto América. Para
nosotros, los americanos, aquel periplo imaginario que tanto habíamos
soñado empezaba a hacerse realidad tras cruzar al otro lado
del océano, para encontrarnos con el viejo mundo, aquel desde
el cual zarpó Colón cinco siglos atrás.
España: tierra de aventuras quijotescas, en la que permanece
vivo el recuerdo de la más grande de las reinas, la reina Isabel
la Católica. Una tierra en la que Santiago, el apóstol,
fue el guía permanente de nuestros caminos.
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Claudia y una compañera de expedición.
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Y así como hubo una vez una historia, hubo también
un hombre. Un hombre que soñó con acercar distancias
de aquel gran océano que nos separa, para construir algún
día una iberoamérica unida. Ese hombre que no sólo
soñó, sino que dedicó su vida entera a trabajar
por ese sueño; ese sueño que hoy comparte con nosotros.
Este hombre "por siempre aventurero irremplazable" Miguel
de la Quadra-Salcedo.
Hubo también otro hombre; una persona que con sus canciones
y alegrías se levantaba con la luna; una persona que con sus
palabras de aliento y cariño se acostaba a la luz de la luna;
Jesús; Jesús Luna, el alma de la Ruta.
Y a la par que existieron estos dos hombres, en nuestra historia
aparece escrito el relato de unos guerreros, damas, caballeros; aventureros
del día, centinelas de la noche, que de principio a fin lucharon
incansables; para guiar a su tropa de ruteros, nuestros monitores;
cabeza alta; mirada al frente; alegres de espíritu; guerreros
de corazón; admirables por su inagotable fortaleza interior.
Per son vanos los sueños de Miguel, la luz de Luna, la fuerza
de los guerreros, sin sus vuelos y escarces, sin sus cantos y juegos
no hubieseis aparecido en esta historia: los quetzales: los ruteros,
nosotros: intrépidos y aventureros, de diversas razas, de diferentes
culturas, de tan distintos lugares, pero volando unidos bajo un mismo
cielo.
Adiós, dulces tierras mexicanas, adios acogedoras tierras
portuguesas, adiós históricas tierras españolas;
porque nosotros nos vamos, pero nuestro corazón se queda, en
el que fue y será por siempre el sendero de nuestra vida: la
Ruta Quetzal BBVA.
