Coronación del Paricutín
Shirley Barquero y Laura Bañuelo
 |

Shirley y Laura.
|
Después de una agotadora mañana de caminata rumbo a
la boca del Paricutín, al caer de la tarde, llegó la
esperada recompensa.
Mientras subíamos, se podía ver a gente tirada por
los lados, incluso llorando, aunque los demás intentábamos
animarles como podíamos con frases tales como "¡ya
falta poco!"; pero para nosotras mismas sabíamos que eso
no era ni medio verdad.
Los monitores nos dijeron que ya faltaba poco desde las 15,00 y procurábamos
creérnoslo para animarnos; sin embargo, aún veíamos
los labios del Paricutín muy lejanos.
El tramo de subida de la tarde fue igual de impresionante que el
visto y admirado durante toda la mañana: piedra volcánica
escarpada hasta donde alcanzan tus ojos; y, en el fondo nuestro ansiado
y ya querido volcán.
Cuando llegamos a sus faldas, se nos echó la niebla encima,
justo en el último esfuerzo; y, en el momento en el que ya
no podíamos ni con nosotros mismos, el dios Tlaloc nos sorprendió
con una intensa nieblina. Aún así, las tortugas, las
cebras y los linces terminamos nuestro encrespado recorrido alrededor
de las cinco de la tarde, después de más de seis horas
de larga y dura caminata.
Llegamos a la cima y pudimos saciarnos con una merienda, bajo el
intenso frío; pero que al fin y al cabo no era nada comparado
con lo que habíamos recorrido.
De pronto, fuimos unos privilegiados al poder ver cómo la
nieblina, poco a poco, se iba disipando, pudiendo así observar
y admirar el inmenso cráter, rodeado de una vista maravillosa
de sus alrededores.
Realmente, era muy motivador tener este privilegio obtenido después
de tanto esfuerzo. Se podían ver allí abajo las puntiagudas
y casi infinitas rocas por las que hacía un rato habíamos
tenido que pasar. Por entre esas rocas aparecían algunos rastros
de lo que pudo ser el gran Paricutín hace un tiempo, pero aquello,
según nos habían dicho, eran sólo fumarolas que
se expandían desde el suelo hasta las nubes y que constantemente
nos envolvían en su mágico mundo.
Una vez recuperadas las fuerzas y ánimos, comenzamos el descenso
hasta el campamento. Fue toda una aventura entre la niebla que nos
rodeaba y el cansancio. Teníamos que desafiar el suelo tan
inestable de ceniza que nos cubría hasta la altura del tobillo,
y aún así fue divertido, pues sí alguno perdía
el equilibrio y se caía, los demás lo hacían
simultáneamente en efecto dominó por la cuesta abajo
del volcán.
Ya pisando suelo firme, tuvimos que sacar algunas piedrecillas de
nuestros zapatos y así poder dar los últimos pasos hacia
el campamento, donde nos dispusimos a armar nuestras tiendas. Una
vez montadas, muchos compañeros pasaron a visitar la enfermería
y otros se pusieron a jugar a la pelota en el campo verde. Más
tarde nos fuimos a cenar sándwich y fruta, que nos supo a verdadera
gloria.
En ese momento nos avisaron de que algunos indígenas nos harían
una demostración de "juego de pelota"; pero el intento
se vio truncado otra vez por el dios Tlaloc que nos envió un
increíble aguacero sobre nosotros y nuestras tiendas recién
montadas. Nos refugiamos allí y terminamos nuestra cena.
Las consecuencias de la lluvia no se hicieron esperar, ya que muchos
ruteros tuvimos que salir empapándonos al tensar y al reparar
las tiendas para que no calaran; pero el tan esperado y bien merecido
descanso llegó pronto para todos, confiando en que restableceríamos
el ánimo para emprender el día siguiente, muy de mañana,
la travesía y el retorno con mucha fuerza y energía
hacia nuestra próxima meta.
