El primer desafío
María Celia Gómez del Pulgar y Rebeca Lage
"Tirolí-tirolá, ¡qué bonito es despertar
y
". Estos versos son lo que todos esperábamos escuchar
en el amanecer del día de hoy, pero con gran sorpresa y para
descanso del incombustible jefe de campamento, Jesús Luna,
el grupo de titiriteros Libélula, que nos acompaña en
todas nuestras increíbles aventuras, le han relevado a Jesús
Luna en el cargo de despertador. Con su actuación, no sólo
nos liberaron del sueño y deleitaron nuestros oídos
con su fantástica música, sino que nos convencieron
que este es el día que todos estábamos esperando, tal
como nuestro querido Jesús repite todas las mañanas
junto con el melodioso canto de los pájaros.
Tras un desayuno digno de reyes, con exquisiteces de todos los países
como el yogurt griego, el café colombiano, las manzanas españolas,
lo mejor, y galletas y bollos internacionales, preferentemente las
de Francia, abandonamos el nuevo emplazamiento que anoche les dimos
a nuestras tiendas para enfrentarnos a unos de los verdaderos, hasta
el momento, el primero de los desafíos que este programa nos
ofrece.
Partimos del campamento en "manada" con unas ganas locas
de romper con la rutina de las conferencias que, hasta el momento,
estábamos asistiendo, y que no por ello dejaron de ser interesantes.
Tras un tiempo de marcha tranquila llegamos a la zona donde antiguamente
se encontraba el pueblo de San Juan Parangutiro, antes de ser arrasado,
hace sesenta y un años , por la erupción que acompaña
el nacimiento del volcán. Nacimiento y erupción relatados
la noche anterior en nuestro fuego de campamento, por los propios
protagonistas del desastre.
Uno de los ancianos con los que tuvimos el gusto de "platicar"
recordaba con tristeza y melancolía todo lo ocurrido en aquella
jornada, pero añadía con orgullo que los volcanes formaban
parte de su vida y existencia: "una civilización no sólo
consiste en calles asfaltadas y grandes edificaciones, sino en la
forma de sentir las cosas que nos rodean y de saber vivirlas y comprenderlas".
El nacimiento del volcán Paricutiro comenzó a las 16,00
de 1943. Su actividad inicial estuvo caracterizada por una serie de
fumarolas y de explosiones piroclasticas. Las erupciones violentas
comenzaron a las 24,00 del mismo día, seguidas de los derrames
de lava. Su actividad continuó hasta 1949, con una reactivación
en 1952 en que cesó su actividad. Los flujos de lava cubrieron
18,5 km2. Los derrames de lava inundaron un área de 300 km2
alrededor del cono del volcán. Desapareció la fauna
silvestre, murieron 4.500 cabezas de ganado y 550 caballos. Se produjo
un éxodo de más de 2.500 personas.
El recibimiento en San Juan fue un tanto especial, porque nos ofrecieron
unos bailes típicos del Estado de Michoacán, en el que
ahora nos encontramos. De forma muy seguida asistimos a una charla
sobre los volcanes, centrándose en el que visitaríamos
a continuación, y usando como asiento la propia lava solidificada,
rocas puntiagudas, que un día el volcán escupió
llenando el templo de San Juan de Parangutiro, dejando al descubierto
solamente dos de sus torres.
Allí recibimos las últimas indicaciones para acceder
al volcán: nada de experimentos raros, con las plantas y hongos
del lugar, para evitar el regreso acelerado de alguno de nosotros,
a su país de origen.
Y, tras esto, comienza la carrera. El grupo de "tortugas"
inician su marcha en primer lugar, con ventaja sobre los demás,
debido a su calma en pista. Continúan las "cebras",
algunas de ellas motorizadas y a punto de perder sus rayas en el intento
de llegar a meta, en ese caso, el cráter del volcán.
Y por último, los "linces", muchos de ellos intentando
lucir una velocidad que no pudieron alcanzar.
Al final, tras muchos esfuerzos, sacrificios, llantos y lamentaciones,
las tortugas, como ocurre en la fábula, vuelven a ganar. Y,
una vez alcanzada la cumbre por todos los participantes en esta carrera
y llenos de satisfacción y orgullo, llenan sus vacíos
estómagos con suculentos manjares, acostándose sobre
calientes rocas, algunas de las cuales todavía humeantes, mostrando
aún el fuego latente del volcán.
Compañerismo, amistad y solidaridad son palabras clave para
describir este nuestro primer desafío con los volcanes, donde
la emoción con que los expedicionarios abandonaban la montaña
y la nueva experiencia adquirida servirá de recuerdo del esfuerzo
que nunca olvidaremos.
Este es, sin duda, la demostración de que la Ruta, a pesar
de los difíciles y amargos momentos por los que en ocasiones
pasamos, son solamente una parte de nuestra expedición. La
Ruta es sin duda una de las experiencias más gratificantes
y deseadas por cualquier estudiante de nuestra edad: en definitiva
un sueño que, día tras día, vamos haciendo realidad.
Con todo el cariño del mundo para nuestros familias y amigos
y el deseo de que después de leer esta crónica, acabéis
con vuestras inquietudes y sepáis que disfrutamos cada segundo
que aquí pasamos.
