Buque, vida y volcanes
Daniela Amalia Perla Rivadeneira
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Daniela.
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El despertar en un barco en Oporto, ¿quién lo hubiera
pensado?, el cansancio está presente en el ambiente, y sin
haber visto aun la luz del sol.
Levantándonos de aquella pequeña, pero cómoda
cama que había hecho posible un dulce sueño. Era necesario
un baño, que aliviara de alguna manera el malestar del cansancio
y del mareo, y así empezar de forma más alegre el nuevo
día, que nos esperaba con los brazos abiertos para aprender
y obtener de el nuevas experiencias y aprendizajes inolvidables en
nuestras vidas.
Pero no preguntaremos ¿por qué un día tan especial?
O ¿por qué un día tan inolvidable sin haberlo
vivido aún? La respuesta es sencilla si se está en nuestro
lugar: porque es un día más en Ruta Quetzal BBVA, uno
de los tantos días inolvidables e irrepetibles en nuestras
vidas, en el que compartes con personas de tantas culturas, razas,
religiones, lenguajes y formas de pensar diferentes y que te es posible
encontrar en todas ellas un denominador común, que no es el
pertenecer a Ruta Quetzal.
Se trata de algo mucho más complejo y especial, este es "la
amistad" que se ha ido construyendo y forjando a medida que han
pasado los días y que, aún al terminar la Ruta, lo seguirá
haciendo en nuestras mentes y nuestros recuerdos.
Contaré de una manera muy sencilla lo que he hecho el día
de hoy: después de levantarme rápidamente, enseguida
me bañé. Luego de una larga espera de una cola que abarcaba
casi la mitad del barco, desayunamos y nos dirigimos a trabajar en
uno de los talleres en el que me tocó una aburrida conferencia
de volcanología. Después un pequeño descanso
en la anglada, luego otra conferencia, y de nuevo a los talleres.
En nada de esto hemos visto algo extraordinario por lo que valga
la pena escribir por ello, y hasta parece indigno que forma parte
de la "aventura" por la que se pasa en Ruta Quetzal BBVA,
al menos eso fue lo que pensé. Y es que la Ruta no consiste
solamente en subir montañas, volcanes, cruzar ríos y
desiertos, y poner a prueba nuestras habilidades físicas; también
consiste en acrecentar nuestro interior y cambiar de alguna manera
nuestras vidas.
Manifestaba antes sobre una aburrida conferencia de volcanología,
me pregunté ¿qué aprendizaje puedo sacar de esto?
Muchos pensarán que por lo menos ahora sé sobre los
volcanes y he adquirido conocimientos intelectuales, pensé
que esto puedo obtenerlo de cualquier libro de geografía o
geología, y que era mejor extraer de ello una enseñanza
que comparándola con la vida o con nuestro alrededor.
Hablábamos sobre los tres volcanes que hemos visitado en México:
el Paricutín, el Popocatepetl y el San Martín de Tuxtla.
¿Cómo comparo cada cosa? He decidido compararlos con
las etapas de todo ser humano, todas con dificultades de superar.
El Popocatepetl sería la tercera etapa, primeramente por su
antigüedad. Decimos que éste pertenece a los estrato volcanes,
que son volcanes formados por estratos en los que las emisiones se
van sucediendo por etapas, tal como una persona, a través de
los años, va sucediendo experiencias, sufrimientos, alegrías,
tristezas, hasta llegar a construir un gran volcán, lo que
ahora son. Monumentos que hacen sentir un gran respeto, y despiertan
curiosidad, queriendo aprender de ellos, descubrirlos, hasta llegar
a formar en su cráter un blanco glacial que representa la blanca
cabellera de aquellas personas que tienen el orgullo de llevarla,
porque es el blanco de la pureza y la sabiduría que siempre
llevan, producto de experiencias buenas y malas, experimentadas en
sus vidas.
El San Martín de Tuxtla, es un volcán de edad media.
De menor altitud y pendientes menos pronunciadas que sería
la segunda etapa de nuestras vidas, en las que nuestros esfuerzos
comienzan a dar grandes frutos, creando un inmenso jardín,
producto de experiencias buenas y malas; dispuesto a seguir creciendo,
madurando sus frutos, expandiéndose y abriéndose a disfrutar
de él, hasta formar una inmensa selva en la que los demás
puedan morar y también satisfacerse de sus frutos.
Y, por último, el Paricutín, la etapa más difícil
de superar en esta Ruta, y por tanto las más parecida a la
primera etapa, es decir, a la de nuestra juventud. Con una enorme
cuesta para subir, que comienza con una pequeña vegetación
verde y fresca, que sería nuestra niñez, y que aunque
no lo parezca es difícil, pero que a medida que va pasando
el tiempo esa etapa difícil se va acrecentando, la pendiente
se hace más grande y el camino está más lleno
de obstáculos. Aún no hay vegetación, aún
no hay frutos, estamos solos y tenemos solos y tenemos que construir
el camino, pero somos jóvenes con ganas de vivir y el superar
nuestras metas, y con esfuerzos, a pesar del sufrimiento, los momentos
de angustia y desesperación, llegamos al cráter, a la
meta, donde podemos divisar desde muy lejos los obstáculos
superados y que hemos dejado atrás.
Mientras subía a la anglaba, lo pude reflexionar. Ví
el mar tan inmenso e inexplotable, que impone respeto a las miradas
que lo admiran; el mar que como podríamos pensar, en realidad
no separa a los países, a la culturas ni a las lenguas, sino
más bien es el puente que nos une, y que lleva a través
de sus aguas las similitudes, y a la vez muchas penas como de tantas
guerras ha sido testigo, pero que ha sabido llevarlas por sus aguas
a un lugar apartado, lejos de nuestras miradas y nuestros recuerdos.
Este es el mar por el que navegamos, el que nos lleva a nuevas experiencias
por nuevas ciudades, culturas, lenguas y razas, y el que nos enseña
lo inmenso que es el mundo, la inmensidad de cosas que encontramos
en el, y por lo tanto, la inmensidad de experiencias y enseñanzas
que podemos obtener, y que por lo tanto es imposible decir no quiero
vivir porque nada obtuve. Obtuvimos sufrimientos, muchos obstáculos,
enemistades, enfermedades, malas experiencias, pero por todas estas
cosas hay que agradecer, porque como dicen no existe bien sin mal,
y sin todo esto, no obtendríamos aprendizaje, ni reflexionaríamos
sobre nuestros errores, no nos moldearíamos, ni tendríamos
la satisfacción de haberlo superado todo y que somos capaces
de soportar cualquier cosas, que somos fuertes.
Este es el mar. El mar de reflexiones profundas y cristalinas, inexplotables
e inalcanzables, por el que navegamos ahora todos los expedicionarios
de Ruta Quetzal.
Y así ha terminado una mañana más en mi vida,
una mañana que como dije al principio es inolvidable, porque
he aprendido, y he reflexionado de lo más sencillo e insignificante
que pueda parecer, no dejando a un lado las nostalgias y cualquier
malestar o mala experiencia que pude tener, sino teniéndolos
muy en cuenta; para superarlos y aprender de ellos, porque por algo
vienen y por algo están.
"Ruta Quetzal BBVA es un experiencia para cambiar vidas
"
