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Ruta Quetzal 2004, De los volcanes mexicanos a la 'Translatio' RUTA QUETZAL BBVA
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22 de julio

Buque, vida y volcanes
Daniela Amalia Perla Rivadeneira


Daniela.

El despertar en un barco en Oporto, ¿quién lo hubiera pensado?, el cansancio está presente en el ambiente, y sin haber visto aun la luz del sol.

Levantándonos de aquella pequeña, pero cómoda cama que había hecho posible un dulce sueño. Era necesario un baño, que aliviara de alguna manera el malestar del cansancio y del mareo, y así empezar de forma más alegre el nuevo día, que nos esperaba con los brazos abiertos para aprender y obtener de el nuevas experiencias y aprendizajes inolvidables en nuestras vidas.

Pero no preguntaremos ¿por qué un día tan especial? O ¿por qué un día tan inolvidable sin haberlo vivido aún? La respuesta es sencilla si se está en nuestro lugar: porque es un día más en Ruta Quetzal BBVA, uno de los tantos días inolvidables e irrepetibles en nuestras vidas, en el que compartes con personas de tantas culturas, razas, religiones, lenguajes y formas de pensar diferentes y que te es posible encontrar en todas ellas un denominador común, que no es el pertenecer a Ruta Quetzal.

Se trata de algo mucho más complejo y especial, este es "la amistad" que se ha ido construyendo y forjando a medida que han pasado los días y que, aún al terminar la Ruta, lo seguirá haciendo en nuestras mentes y nuestros recuerdos.

Contaré de una manera muy sencilla lo que he hecho el día de hoy: después de levantarme rápidamente, enseguida me bañé. Luego de una larga espera de una cola que abarcaba casi la mitad del barco, desayunamos y nos dirigimos a trabajar en uno de los talleres en el que me tocó una aburrida conferencia de volcanología. Después un pequeño descanso en la anglada, luego otra conferencia, y de nuevo a los talleres.

En nada de esto hemos visto algo extraordinario por lo que valga la pena escribir por ello, y hasta parece indigno que forma parte de la "aventura" por la que se pasa en Ruta Quetzal BBVA, al menos eso fue lo que pensé. Y es que la Ruta no consiste solamente en subir montañas, volcanes, cruzar ríos y desiertos, y poner a prueba nuestras habilidades físicas; también consiste en acrecentar nuestro interior y cambiar de alguna manera nuestras vidas.

Manifestaba antes sobre una aburrida conferencia de volcanología, me pregunté ¿qué aprendizaje puedo sacar de esto? Muchos pensarán que por lo menos ahora sé sobre los volcanes y he adquirido conocimientos intelectuales, pensé que esto puedo obtenerlo de cualquier libro de geografía o geología, y que era mejor extraer de ello una enseñanza que comparándola con la vida o con nuestro alrededor.

Hablábamos sobre los tres volcanes que hemos visitado en México: el Paricutín, el Popocatepetl y el San Martín de Tuxtla. ¿Cómo comparo cada cosa? He decidido compararlos con las etapas de todo ser humano, todas con dificultades de superar.

El Popocatepetl sería la tercera etapa, primeramente por su antigüedad. Decimos que éste pertenece a los estrato volcanes, que son volcanes formados por estratos en los que las emisiones se van sucediendo por etapas, tal como una persona, a través de los años, va sucediendo experiencias, sufrimientos, alegrías, tristezas, hasta llegar a construir un gran volcán, lo que ahora son. Monumentos que hacen sentir un gran respeto, y despiertan curiosidad, queriendo aprender de ellos, descubrirlos, hasta llegar a formar en su cráter un blanco glacial que representa la blanca cabellera de aquellas personas que tienen el orgullo de llevarla, porque es el blanco de la pureza y la sabiduría que siempre llevan, producto de experiencias buenas y malas, experimentadas en sus vidas.

El San Martín de Tuxtla, es un volcán de edad media. De menor altitud y pendientes menos pronunciadas que sería la segunda etapa de nuestras vidas, en las que nuestros esfuerzos comienzan a dar grandes frutos, creando un inmenso jardín, producto de experiencias buenas y malas; dispuesto a seguir creciendo, madurando sus frutos, expandiéndose y abriéndose a disfrutar de él, hasta formar una inmensa selva en la que los demás puedan morar y también satisfacerse de sus frutos.

Y, por último, el Paricutín, la etapa más difícil de superar en esta Ruta, y por tanto las más parecida a la primera etapa, es decir, a la de nuestra juventud. Con una enorme cuesta para subir, que comienza con una pequeña vegetación verde y fresca, que sería nuestra niñez, y que aunque no lo parezca es difícil, pero que a medida que va pasando el tiempo esa etapa difícil se va acrecentando, la pendiente se hace más grande y el camino está más lleno de obstáculos. Aún no hay vegetación, aún no hay frutos, estamos solos y tenemos solos y tenemos que construir el camino, pero somos jóvenes con ganas de vivir y el superar nuestras metas, y con esfuerzos, a pesar del sufrimiento, los momentos de angustia y desesperación, llegamos al cráter, a la meta, donde podemos divisar desde muy lejos los obstáculos superados y que hemos dejado atrás.

Mientras subía a la anglaba, lo pude reflexionar. Ví el mar tan inmenso e inexplotable, que impone respeto a las miradas que lo admiran; el mar que como podríamos pensar, en realidad no separa a los países, a la culturas ni a las lenguas, sino más bien es el puente que nos une, y que lleva a través de sus aguas las similitudes, y a la vez muchas penas como de tantas guerras ha sido testigo, pero que ha sabido llevarlas por sus aguas a un lugar apartado, lejos de nuestras miradas y nuestros recuerdos.

Este es el mar por el que navegamos, el que nos lleva a nuevas experiencias por nuevas ciudades, culturas, lenguas y razas, y el que nos enseña lo inmenso que es el mundo, la inmensidad de cosas que encontramos en el, y por lo tanto, la inmensidad de experiencias y enseñanzas que podemos obtener, y que por lo tanto es imposible decir no quiero vivir porque nada obtuve. Obtuvimos sufrimientos, muchos obstáculos, enemistades, enfermedades, malas experiencias, pero por todas estas cosas hay que agradecer, porque como dicen no existe bien sin mal, y sin todo esto, no obtendríamos aprendizaje, ni reflexionaríamos sobre nuestros errores, no nos moldearíamos, ni tendríamos la satisfacción de haberlo superado todo y que somos capaces de soportar cualquier cosas, que somos fuertes.

Este es el mar. El mar de reflexiones profundas y cristalinas, inexplotables e inalcanzables, por el que navegamos ahora todos los expedicionarios de Ruta Quetzal.

Y así ha terminado una mañana más en mi vida, una mañana que como dije al principio es inolvidable, porque he aprendido, y he reflexionado de lo más sencillo e insignificante que pueda parecer, no dejando a un lado las nostalgias y cualquier malestar o mala experiencia que pude tener, sino teniéndolos muy en cuenta; para superarlos y aprender de ellos, porque por algo vienen y por algo están.

"Ruta Quetzal BBVA es un experiencia para cambiar vidas…"

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