Baño en el salto de Eyplanta
Marta Cuaresma y Claudia Pérez.
Con el alegre son de la dulzaina y el tambor de los titiriteros
de Libélula, nos despertamos cansados, pero ansiosos por la
llegada de un nuevo día.
Amanecimos en un día húmedo; el cielo aún presentaba
signos de la lluvia de la noche anterior. Rápidamente, como
si se nos escapase el tiempo, nos preparamos y, ya con las mochilas
al hombro, salimos hacia San Martín de Tuxtla donde visitamos
la fábrica de puros Te-amo.
Fueron varias las explicaciones que allí recibimos sobre su
proceso de fabricación. Se trata de una planta de tonos verdosos
y grandes hojas que es recogida y secada durante dos años.
Tras un gran esfuerzo y dedicación se convierte en tabaco.
Durante esta entretenida visita hubo diversas actividades en las
que los trabajadores de la fábrica de tabacos compartieron
con nosotros sus talleres.
Desde allí nos dirigimos al salto de Eypantla donde presenciamos
la belleza de las cascadas. Era impresionante ver cómo el agua
caía y chocaba contra las rocas; cómo el sol atravesaba
las pequeñas gotas y, al unirse, formaban un hermoso arco iris.
El brillo de sus colores, el ruido de aquella furiosa agua, hacían
de todo aquello un lugar mágico.
A poca distancia de la cascada, entre árboles, y plantas de
todos los colores y tamaños, los ruteros disfrutamos de un
refrescante y tranquilizador baño. La corriente nos empujaba,
y alegremente, entre gritos y risas, nos agarrábamos unos a
los otros intentando vencer así la fuerza del agua. Tranquilamente,
esta vez ya más fresquitos, almorzamos al son de las aguas
mexicanas.
