Lluvia, dioses y caras en las piedras
Beatriz Méndez Mojardín
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Beatriz.
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Quiero resaltar algunas ideas que me han venido a la mente sobre
la primera visita que hicimos a la ciudad de Teotihuacan, después
de un día en que me he dedicado un poco a la reflexión
de lo que va pasando.
Recuerdo que la ciudad de los dioses nos recibió haciendo
honor a su nombre. Es imposible no sentirse "nada" frente
a la imponente Pirámide del Sol, que extiende sus escaleras
invitando al viajero a escalar sus antiguas piedras, testigos mudos
del paso de siglos y civilizaciones, y guardianes de secretos que
hoy nos inquietan. Pero, junto a esa bienvenida divina, estaba otra:
la de la lluvia, que nos acompañó todo el tiempo, haciéndonos
ver que en América Latina no todo es sol y playa como se nos
pinta en mi país.
Muchos protestaban por esa compañera húmeda, que venía
a empaparnos desde el cielo. Pero, para mí, que en mi tierra
la lluvia es parte del día a día, casi siempre, esa
agua es signo de fertilidad, de bosques verdes, de riqueza natural.
Por eso, lo que muchos verían como una broma pesada del dios
de la lluvia, yo preferí interpretarlo como una bienvenida
a la vieja América, la precolombina, lo que conserva la magia
y el silencioso poder que el paso de los años y el misterio
otorga a tantos lugares.
Un deseo de esas civilizaciones de que la Ruta Quetzal BBVA cumpla
su objetivo de enriquecernos en vivencias y conocimientos, y de unir
un poco más a estos 45 países y culturas que aquí
nos encontramos.
Pero se unieron más factores a este mágico día:
el equinoccio de verano nos brindó todas las horas de luz posibles.
En Asturias, esa noche corta representa al Bien venciendo al Mal,
la Luz que vence a las Sombras. Aquí, lejos de casa, con gente
a la que me unen lazos fuertes, pero a la que conocí hace apenas
nada, encontrar similitudes de este tipo entre culturas tan distantes
como la de los aztecas (y sus antecesores en la Ciudad de los Dioses)
y los celtas, me hace ver lo que realmente ocurre: que no hay razas,
ni países. Sólo hay personas que han sentido los mismos
miedos y esperanzas, y que se han hecho las mismas preguntas desde
el amanecer del hombre. Las estrellas y el cielo nos han hecho sentir
siempre pequeños, lo mismo que ahora nos lo hacen sentir las
maravillas de tiempos pasados.
Cuando un rutero preguntó si había caras talladas en
la roca enfrente a la cual dimos una conferencia de astronomía,
no pude evitar unir todo. Quiero creer que son los rostros de aquellos
hombres que vivieron aquí hace muchos años, instándonos
a aprovechar la oportunidad única de conocer su cultura y la
de tantos otros lugares, dejando la nostalgia de la familia para luego,
o para nunca, para poder así disfrutar cada minuto.
La lluvia y su dios, la Ciudad de los Muertos, las estrellas y la
magia de este lugar nos dan la bienvenida a esta Ruta Quetzal BBVA
que acaba de comenzar, a este viaje único que jamás
olvidaremos.
El compañerismo se empieza a sentir con fuerza, no faltan
manos amigas, y desconocidas a la vez, en las que apoyarse.
Algo empieza a cambiar en todos nosotros, y todos nosotros estamos
poniendo un granito de arena para cambiar algo. ¿El qué?
Que no somos cuarenta y cinco países y culturas. Somos, sencillamente,
una Ruta.
