Más serpientes y picaduras
Irene Arredondo y Mariana del Ángel
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Irene y Mariana.
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En la ascensión al volcán San Martín Tuxtla,
tan exactamente descrito por nuestro anterior compañero Álvaro,
sucedió un hecho alborotador y estimulante: más serpientes
y el relato de las más afectadas con las picaduras de las abejas.
A pesar de su escasa altura, 1600 metros, su abundante humedad del
95% y su elevada temperatura de 32º haría que la ascensión
fuera difícil; pero comenzamos muy temprano, como siempre,
desayunando rápido. Llegamos a un poblado y subimos a unos
camiones cañeros, transportadores de caña de azúcar,
típica de la región. En ellos permanecimos dos horas
y, al bajarnos, nos aplicamos ajos en botas y piernas para impedir
que se nos acerquen serpientes y demás animales.
La subida fue bonita y ninguno de nosotros se siente cansado, ya
que caminamos entre árboles, pero enseguida comienza la historia:
dos serpientes, una coralillo, que es negra con anillos rojos y amarillos
y muy venenosa; otra, la serpiente sorda, de 1,80 metros, con colores
verde olivo, café y hueso.
En un punto de la selva nos sentamos a escuchar una conferencia sobre
sus características biofísicas. Era imposible seguir
la ascensión, ya que la niebla bajaría en breve y continuar
resultaría demasiado peligroso ya que, según nos decían,
las serpientes saldrían de sus escondrijos.
Y comienzan las picaduras. No sabemos si fueron los flaxes, los aplausos
o alguna pisada en el lugar indebido; el caso es que, de repente,
fuimos atacados por un furioso enjambre de abejas africanas, de esas
que llaman asesinas.
Mariana lo cuenta de esta forma
"Vi cómo la gente comenzó a gritar y bajar corriendo.
Yo no quise correr; y en esto, una torpe abeja topó con mi
párpado y, puesto que dejan un olor especial, llegaron más
y más, hasta tener la cabeza repleta. Se lo dije a mi monitora
y me las empezó a quitar junto con otra chica, pero ya no se
despegaban. Entonces la monitora Marta del Grupo 5 me agarró
por la muñeca y comenzamos a descender.
Yo iba llorando de los nervios y el dolor, ya que en la cabeza duelen
más los piquetes. En veinte minutos estaba en el punto de partida.
Al llegar allí, me sentía muy débil y me apoyé
en la monitora y en una amiga. A la llegada, el médico y la
enfermera me quitaron algunos aguijones; pero, como me vieron algo
mal, me pusieron una inyección para que no tuviera reacción
secundaria.
Al paso de un rato, me pude tranquilizar y era hora de subir a los
camiones cañeros de nuevo. Un conductor que me había
visto me dijo que podía ir en la cabina de su camión.
Al subir, estaba un poco mareada, pienso que por la comida y creo
que algo descompuesta; también por el susto, por el agitado
camino y por la reacción ante los piquetes. Aguanté
un rato, pero, a la subida de un pasajero más, no aguanté
y casi vomito. Me bajaron del camión y llamaron al médico
para que me examinara y me subieron a otra cabina. Excluyendo el dolor
y la hinchazón de la cabeza que estaba bien, logré dormir
un poco y, hasta el momento, llevo contados 28 piquetes en manos,
orejas y cabeza".
El relato de Irene
"Yo salía de las últimas de la conferencia cuando
de repente vi que la gente empezaba a agitarse y gritar. No sabía
qué pasaba, hasta que descubrí que eran abejas. En un
principio iba muy tranquila, a mí no me picaban, por lo que
intentaba ayudar a mis compañeras; pero sucedió que
uno de los insectos, despistado, topó conmigo y me picó.
Dicen que dejan un olor característico y las demás
se lanzan sobre ti y no sé cómo lograron meterse dentro
del pañuelo que llevaba en la cabeza. Me lo quité e
intenté espantarlas, pero no podía, se enredaban. Oía
a la gente que decía "¡cubríos la cabeza!"
Yo lo intentaba, poniéndome el gorro y el pañuelo, pero
se quedaban dentro, y me picaban más y más.
Para intentar espantarlas, me puse boca a bajo y comencé a
sacudirme el pelo. Fue entonces cuando me desesperé y me desalenté:
no veía por dónde iba y comencé a llorar de impotencia
al no poder espantar a los insectos. No hacía más que
dar vueltas y, con el pelo en la cara, no veía nada. Menos
mal que en ese momento llegó Jesús Luna, me agarré
y me guió durante la bajada. Mientras descendíamos notaba
cómo me golpeaba la cabeza y oía los zumbidos a mi alrededor.
Al cabo de un rato todo se calmó y ya estaba más tranquila,
pero ahí no acabó todo: nos dimos la vuelta y el enjambre
nos seguía, éramos el grupo de cola. Salimos escopetados
hacia abajo hasta que dejaron de acosarnos. Durante el resto del camino,
mis acompañantes me paraban para quitarme abejas moribundas
que aún quedaban en mi cabeza. Yo, para entonces, ya estaba
muy tranquila e incluso bromeaba con el asunto. Ya abajo, me vacunaron
y curaron, y la enfermera me aseguró que fui la peor parada.
En un principio pensaba que tenía unas 25 picaduras; pero,
ahora que he tenido tiempo de contarlas, he descubierto que fueron
33 ó 35".
