El regreso de las civilizaciones mesoamericanas
Beatriz Alvargonzález, Marta Gómez
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Beatriz y Marta.
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Nos despertamos al grito de "tirolí-tirolá, ¡qué
bonito es despertar y decir con alegría: buenos días,
tía María!". Tras un inesperado desayuno, desprovisto
de chile, que todos agradecimos, nos pusimos en marcha hacia el Museo
Nacional de Antropología de la Ciudad de México.
Nada más llegar, vimos una imponente bandera de México,
en cuyo centro estaba el famoso emblema del águila con una
serpiente en el pico. Como supimos más tarde, este símbolo
se remonta a tiempos anteriores a la conquista española de
México. Dicha águila representa al máximo dios
azteca Huitzilopochtli, y esta imagen era la señal divina predicha
por los sacerdotes para asentar su civilización. El águila
devorando a la serpiente está situado sobre un nopal. Huitzilopachtli
era el dios de la guerra, mientras que la serpiente representaba la
muerte. Cuenta la leyenda que este símbolo apareció
en el lago de Texaco y esta es la razón por la que los aztecas
fundaron ahí la ciudad de Tenochtitlán, actual México
DF, rellenando el lago a base de piedras y lodo.
A continuación, asistimos a una introducción acerca
de los comienzos del Museo que, a pesar de ser un poco lenta, resultó
divertida por el desajuste entre las palabras del director del museo
y las diapositivas que aparecían en la pantalla.
Pasamos a la visita del Museo donde una interesante guía nos
explicó la leyenda de los volcanes que coronan la ciudad de
México: el Popocatepetl y el Istaccihuatl. Estos dos volcanes
representan un guerrero y una princesa enamorados: el guerrero tuvo
que marcharse un día a luchar y, durante su ausencia, la princesa
fue avisada erróneamente de la muerte de su amada. No supo
reaccionar ante semejante noticia y murió de tristeza. Al llegar
el guerrero se arrodilló ante el lecho de su princesa Iztacchihuatl,
y ahí sigue, llorando todavía hoy. Hay días en
los que el guerrero no puede contener su rabia y echa humo.
Tras esta leyenda nos contaron algo más impresionante: el
juego de la pelota. Cuentan que los aztecas eran entrenados desde
muy pequeños para jugar. Se enfrentaban dos grupos. El juego
consistía en meter una pelota de caucho en un aro vertical.
Lo que más nos llamó la atención es que el ganador
de este juego era decapitado y su cuerpo era ofrecido a los dioses.
Para todos nos resultó sorprendente, ya que no podíamos
llegar a comprender para qué sacrificaban su vida para obtener
un lugar junto a los dioses.
Algo cansados porque la visita al museo había sido larga,
nos fuimos al parque que había al lado. Allí, bajo un
sol abrasador, vimos un espectáculo increíble: los voladores
de Papamtla. Unos cuantos hombres se subieron a un alto mástil
donde se colgaron y empezaron a girar suspendidos en el aire con la
única sujeción de una cuerda. Atónitos después
de esta extraña actuación, nos dirigimos a comer, donde
pudimos descansar y compartir las nuevas experiencias que por la mañana
habíamos vivido.
