De México DF a Michoacán
Dana Altea Espiño, Javier Gómez y Elena Gradin
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Dana, Javier y Elena.
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El dios del sol venció por unos momentos a Tlaloc: después
de la tempestad, siempre llega la calma. Nuestra pasada petición
de lluvia desde lo alto de la Pirámide del Sol se hizo patente
en pequeños mares que salpicaban el verde océano de
tiendas de campaña ubicadas en el Centro Asturiano de México.
Esta mañana el tirolí-tirolá sonó
aún más frío bajo el techado que resguardaba
nuestras ilusiones de la inundación a que fue sometidas nuestras
tiendas. Tras doblar las húmedas carpas y tomar nuestro último
gran desayuno, nos despedimos del campamento de cinco estrellas que
estos primeros se convirtió en nuestro hogar.
Montamos en las guaguas, peceras, omnibuses, o como nuestro jefe
de campamento, Jesús Luna, quiera llamarlos, camino del Estado
de Michoacán.
Cinco horas que nos prometían de viaje, es decir, nueve horas
reales, nos han llevado hasta Uruapan. Seguro que mucha gente se preguntará
cuál es la receta para aguantar tal cantidad de kilómetros.
Aquí detallamos las distracciones más genuinas y características
de nuestros desplazamientos: la opción más recurrida
consiste en un pequeño y ligero descanso de los ojos, tan agotados
de la gran cantidad de maravillas observadas durante nuestro periplo
mexicano. Como segunda opción, pero no por ello menos importante,
está el ejercicio de las cuerdas vocales, ya sea en su versión
musical o prosaica.
En este trayecto, debido a los temas en los que se basa el viaje,
también asistimos a una lectura sobre la figura de Don Vasco
de Quiroga y su utopía mexicana, que se extendió durante
un par de horas.
Nuestras actividades ruteras de ocio tocaron a su fin con la llegada
a Uruapan, donde todos los expedicionarios quedamos impresionados
con el recibimiento de los indígenas purépechas, que
se encontraban a ambos lados de la carretera. Estos habitantes mexicanos
destacan por ser grandes artesanos y por conservar aspectos de su
tradición como su idioma o su estructura social.
Tras la comida ofrecida por las autoridades locales, se produjo un
intercambio de presentes entre los representantes de la sociedad michoacana
y la dirección de Ruta Quetzal BBVA. Al término de estos
actos y con el estomago lleno, nuestro espíritu aventurero
despertó de nuevo convirtiendo al volcán Paricutín
en el centro de todas las miradas. Precisamente, con el fin de adueñarnos
durante unos breves momentos de su cima, instalamos nuestro campamento
ya no de cinco estrellas- en el Mirador de Paricutín.
Por la noche tuvo lugar en el mismo campamento una conferencia que
nos permitió conocer la parte humana del volcán y no
sólo científica, todo ello gracias a las experiencias
y recuerdos de algunos lugareños que presenciaron o vivieron
de cerca su nacimiento.
Con un manto de estrellas sobre nuestras cabezas, tierra mojada bajo
nuestros pies y las tiendas todavía húmedas, soñamos
con subir a lo más alto: quizás mañana sea el
día que todos estábamos esperando.
